Las imágenes me recuerdan
que te desnudas a impulsos mortales
como árbol otoñado.
Desafiantes, tus pezones
se incrustan en mi aliento.
Y mientras te abres, mi lengua
vagabundea en tu geografía.
Te acurrucas
vibrante como uva solitaria
mientras yo,
borracho de deseo,
bajo y subo por tus líneas
hasta que rima la noche con el sol.
Cuando jadeamos
se repite el milagro de la posesión.
martes, 15 de mayo de 2007
Geografía singular
Quizás tengas una geografía singular.
Tal vez un ojo de niña, otro de mujer,
o un seno de miel, y el otro de almíbar.
O el vientre de nácar y la piel de espuma.
Y el corazón ebrio de imaginar auroras.
En cambio yo,
puedo aportar una angustia infatigable,
la infranqueable muralla de mi designio
una fatalista manera de coleccionar vivencias
y el inconsolable rito de festejar derrotas.
Pero le sumo también,
la necesidad definitiva de rasgar tus telas,
las ganas locas de arrullarte los silencios
y el deseo salvaje de beber las savias de tu vientre.
Quizás tengas una geografía singular.
Quiero orillar tu continente.
Tal vez un ojo de niña, otro de mujer,
o un seno de miel, y el otro de almíbar.
O el vientre de nácar y la piel de espuma.
Y el corazón ebrio de imaginar auroras.
En cambio yo,
puedo aportar una angustia infatigable,
la infranqueable muralla de mi designio
una fatalista manera de coleccionar vivencias
y el inconsolable rito de festejar derrotas.
Pero le sumo también,
la necesidad definitiva de rasgar tus telas,
las ganas locas de arrullarte los silencios
y el deseo salvaje de beber las savias de tu vientre.
Quizás tengas una geografía singular.
Quiero orillar tu continente.
martes, 24 de abril de 2007
Relato
No hubo forma de evitar
que te deslizaras como tifus colérico
mientras me tenías atado
de manos y pies
en las sábanas trajinadas
que sonaban a fanfarria.
Las mismas sábanas
que supieron de danzas de diablos
y de ángeles bebiendo champán.
Mientras hacíamos y rehacíamos el amor
como quien sonríe a tambor batiente,
tu duraznal boca
se daba lujos,
como sepultar mis pájaros,
o tabicar indefinidamente
a mi errante lengua,
que nunca supo de claudicaciones.
Juan Carlos Rodríguez
que te deslizaras como tifus colérico
mientras me tenías atado
de manos y pies
en las sábanas trajinadas
que sonaban a fanfarria.
Las mismas sábanas
que supieron de danzas de diablos
y de ángeles bebiendo champán.
Mientras hacíamos y rehacíamos el amor
como quien sonríe a tambor batiente,
tu duraznal boca
se daba lujos,
como sepultar mis pájaros,
o tabicar indefinidamente
a mi errante lengua,
que nunca supo de claudicaciones.
Juan Carlos Rodríguez
Lágrimas que no se lloran
Recuerdo cuando querías
incendiar las madrugadas
explotando en gritos,
preñada de proclamas,
y entonando corajes
con olor a picante en el aire.
El sexo se mezclaba
con mariposas proletarias,
mientras mis manos empuñaban
fusiles y praderas,
y vos decías que el amor
no existía en mis poemas.
Cuando me tocaba ascender
a la cuenca profunda de tus ojos,
implorabas por la ternura solidaria
y yo me sentía más derrotado que nunca,
aplastado por la militante
caballería de tu cuerpo.
Después vino la ausencia
aturdiendo sentimientos
y recordando que no era bueno
tener esa mala costumbre de andar muriendo.
Tus risas persiguieron mis sueños
durante décadas amargas
y los cielos estrellados de tus lunares
me gritaban que era inútil
querer citarte en el futuro.
Hoy,
cuando a mi pecho
le faltan tus latidos,
ha llegado el momento de preguntarse,
como Neruda,
si las lágrimas que no se lloran
esperan en pequeños lagos
o sirven para bañar
agitados recuerdos.
Juan C. Rodríguez
incendiar las madrugadas
explotando en gritos,
preñada de proclamas,
y entonando corajes
con olor a picante en el aire.
El sexo se mezclaba
con mariposas proletarias,
mientras mis manos empuñaban
fusiles y praderas,
y vos decías que el amor
no existía en mis poemas.
Cuando me tocaba ascender
a la cuenca profunda de tus ojos,
implorabas por la ternura solidaria
y yo me sentía más derrotado que nunca,
aplastado por la militante
caballería de tu cuerpo.
Después vino la ausencia
aturdiendo sentimientos
y recordando que no era bueno
tener esa mala costumbre de andar muriendo.
Tus risas persiguieron mis sueños
durante décadas amargas
y los cielos estrellados de tus lunares
me gritaban que era inútil
querer citarte en el futuro.
Hoy,
cuando a mi pecho
le faltan tus latidos,
ha llegado el momento de preguntarse,
como Neruda,
si las lágrimas que no se lloran
esperan en pequeños lagos
o sirven para bañar
agitados recuerdos.
Juan C. Rodríguez
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