martes, 24 de abril de 2007

Relato

No hubo forma de evitar
que te deslizaras como tifus colérico
mientras me tenías atado
de manos y pies
en las sábanas trajinadas
que sonaban a fanfarria.
Las mismas sábanas
que supieron de danzas de diablos
y de ángeles bebiendo champán.

Mientras hacíamos y rehacíamos el amor
como quien sonríe a tambor batiente,
tu duraznal boca
se daba lujos,
como sepultar mis pájaros,
o tabicar indefinidamente
a mi errante lengua,
que nunca supo de claudicaciones.

Juan Carlos Rodríguez

Lágrimas que no se lloran

Recuerdo cuando querías
incendiar las madrugadas
explotando en gritos,
preñada de proclamas,
y entonando corajes
con olor a picante en el aire.
El sexo se mezclaba
con mariposas proletarias,
mientras mis manos empuñaban
fusiles y praderas,
y vos decías que el amor
no existía en mis poemas.
Cuando me tocaba ascender
a la cuenca profunda de tus ojos,
implorabas por la ternura solidaria
y yo me sentía más derrotado que nunca,
aplastado por la militante
caballería de tu cuerpo.
Después vino la ausencia
aturdiendo sentimientos
y recordando que no era bueno
tener esa mala costumbre de andar muriendo.
Tus risas persiguieron mis sueños
durante décadas amargas
y los cielos estrellados de tus lunares
me gritaban que era inútil
querer citarte en el futuro.
Hoy,
cuando a mi pecho
le faltan tus latidos,
ha llegado el momento de preguntarse,
como Neruda,
si las lágrimas que no se lloran
esperan en pequeños lagos
o sirven para bañar
agitados recuerdos.

Juan C. Rodríguez